“Percibirlo todo con claridad, es destruir el encanto de la vida e impedir que nuestra imaginación juegue con sus posibilidades; y nada podrá compensar esa pérdida, ya que se trata de una actividad autónoma que ningún gozo pasivo, ninguna serena aceptación puede sustituir. No basta con que el otro haga entregas que aceptamos, también tenemos que poder donarle al otro, con esperanza e idealizaciones, la posibilidad de que nos sorprenda con nuevas entregas que ni él aún sospecha. Y esta donación de esperanza en el otro crece en el horizonte confuso de su personalidad, en el ámbito intermedio donde la fe sustituye al saber. Y no nos estamos refiriendo a ilusiones o engaños alimentados por el optimismo o el enamoramiento, sino a que una parte de las personas, incluso de las más íntimas, ha de ofrecérsenos en forma oscura y borrosa para que no pierdan su encanto. El hecho de tener del otro un conocimiento psicológico absoluto, nos enfría, aun sin previos entusiasmos, paraliza la vitalidad de la relación y nos desanima a proseguirla. En esto radica el peligro de la entrega absoluta, especialmente en las relaciones íntimas, donde la entrega aparece como un deber —sobre todo cuando no existe seguridad absoluta en el propio sentimiento y cuando por temor a no dar bastante al otro se acaba dando demasiado—. […] Las relaciones profundas y fecundas, en las que se intuye y respeta tras la última revelación otra aún más sublime, en las que se reconquista diariamente lo que se sabe ya poseer, se nutren de estas recompensas de la discreción y contención que, aun en las relaciones más íntimas que abarcan la persona entera, respeta esa propiedad interior y entiende que el derecho a preguntar está limitado por el derecho a guardar secreto. Todas estas combinaciones se caracterizan sociológicamente por el hecho de que el secreto del uno es en cierto modo aceptado por el otro, y lo ocultado voluntaria o involuntariamente es respetado voluntaria o involuntariamente.”